La sanación (I): principios básicos
- Marcos

- 1 ago 2019
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 18 ago
Este es sin duda el tema que más me ha apasionado a lo largo de los tiempos y que más he investigado desde que comenzara mi búsqueda espiritual, por lo que he decidido escribir una serie de artículos que aclaren cómo se produce una sanación, por qué algunos métodos de sanación parecen más efectivos que otros, por qué algunas personas son capaces de sanar a otras, etc.
Para abarcar un entendimiento completo sobre este asunto, es necesario comprender de dónde viene la abundancia —entendida como salud, alegría, bienestar, prosperidad— , cómo y por qué esta deja de manifestarse —dando lugar a enfermedades, sufrimiento—, y cómo derribar los escudos que la bloquean para que vuelva a fluir.
El corazón como fuente de vida

La fuente de toda salud, paz y alegría es el corazón: si decidimos actuar desde la aceptación y la confianza del corazón, gozaremos de buena salud, tanto a nivel emocional como físico. Cuando decidimos desoír al corazón para escuchar a la mente —a sus miedos, a sus creencias, etc.— , ponemos un escudo —metafórico— alrededor del corazón y este no puede irradiar su salud y vitalidad.
La falta de aceptación de lo que acontece dentro o fuera de nosotros impide que la salud del corazón se exprese libremente.
Al tratar de no hacerle mucho caso a una emoción para evitar sufrir, lo que hacemos es rechazarla, esconderla en algún lugar del subconsciente donde no haga mucho ruido. Esta falta de aceptación se instala alrededor del corazón como un escudo que impide que la salud irradie «hacia fuera». Es por ello que habrá alguna parte de nuestro cuerpo que no recibirá la suficiente vitalidad por parte del corazón y enfermará. Lo más interesante de todo es que la enfermedad nos hará revivir la misma emoción que en su día tratamos de ocultar, y es que no podemos nunca huir de la verdad, pues como dice el famoso dicho, «no hay nada oculto que no haya de ser manifestado, ni escondido que no haya de salir a la luz».
Analizaremos lo anterior con un ejemplo de una conversación típica terapeuta-paciente:
Paciente (P): Tengo unos dolores en las piernas que me impiden caminar, ¿puede curarme?.
Terapeuta (T): ¿Cómo le hace sentirse su enfermedad?
P: Frustrado. No puedo apenas caminar, me siento sin libertad, como atado de pies y manos.
T: ¿En alguna área de su vida se siente frustrado e inmóvil desde hace tiempo?
P: En todas. Llevo años estancado. No veo que avance en la vida. Mientras otros progresan, yo siento que me he quedado en el mismo sitio.
T: ¿Intentó algo para salir de su frustración?
P: Fui a cursos de crecimiento personal y estuve trabajando con afirmaciones positivas. Me empecé a sentir mejor, pero luego la pierna empeoró y me costó mantenerme positivo.
Todo lo sutil —emociones, en este caso— tiende a densificarse y hacerse visible. La emoción resistida pasará a planos más densos, llegando a expresarse en enfermedades, acontecimientos, relaciones, etc. En el caso anterior, el paciente no aceptó su frustración, sino que se resistió, pues pensó que vivir con ella sería aún peor, por lo que trató de hacerla desaparecer a través de afirmaciones positivas. Enfocarse en estas afirmaciones le hizo olvidar temporalmente su frustración y pensó que esta comenzaba a desaparecer, pero finalmente desarrolló una enfermedad que le hizo sentir la misma emoción de «bloqueo». Era la misma emoción expresándose, esta vez, a través del cuerpo físico.
Todo aquello de lo que huimos, volverá a nuestra vida de formas cada vez más físicas, hasta que lo aceptemos y comprendamos que la paz es una decisión.
Existen diccionarios de enfermedades que explican la causa emocional que dio lugar al desequilibrio, y esto puede ser de gran ayuda como punto de partida, pero lo más importante siempre será lo que el afectado exprese por sí mismo acerca de su enfermedad. En el caso que hemos visto, donde el paciente padecía de dolores en las piernas, podemos ver una clara relación entre las piernas y el «avance» o «el caminar por la vida».
La aceptación

Aceptar es permitir que algo —una emoción, una persona, un suceso— sea como es, en lugar de oponernos a ello o buscarle una solución. Aceptar es no sentirnos atacados por lo que se presenta, sino reconocer que ello sencillamente acontece, y que es nuestra decisión anclarnos en la paz u oponernos a ello, con el consiguiente sufrimiento. Lo que aparece en el mundo, ya ha sido aceptado por el mundo para su aparición, por lo que lo más sabio es aceptar que debe ser así. Y esto se aplica también a nuestras emociones, que no son estrictamente «nuestras», sino que nos identificamos con ellas y las hacemos erróneamente parte de nuestra persona.
Llegar a esta aceptación no es algo habitual en el mundo en que vivimos, pero realmente es nuestra única labor aquí —si se quiere creer que el ser humano tiene alguna misión—, y hasta que no nos demos cuenta de que nuestro hogar más legítimo siempre fue la paz, no dejaremos de vivir situaciones y emociones que nos obligarán a escoger la paz si realmente queremos ser felices, y aquí es donde hace aparición la enfermedad, entre otros.
Tu verdadero hogar es la paz y hasta que no la escojas solo a ella, el mundo seguirá siendo fuente de desdicha.
En el caso que hemos visto, el individuo podría haber aceptado su insatisfacción o frustración llegando a la siguiente conclusión:
«Sí, siento frustración y reconozco que esta es la emoción que pasa a través de mí en este momento. Acepto que ahora estoy experimentándome de este modo y que no pasa nada. Voy a sentarme y a quedarme ahí con lo que hay, observándolo con amabilidad».
Una comprensión tan honesta como la anterior solo se da cuando decidimos optar por permanecer en calma en lugar de angustiarnos con lo que vemos o sentimos, pero hacemos tan nuestra la emoción, que creemos imposible desapegarnos de ella y simplemente observarla amablemente como quien contempla un paisaje. Llegar a esta comprensión hace que la emoción se nutra de amor y se transforme. Se va igual que ha venido, como una nube que atraviesa nuestro cielo de paz, mientras que si la rechazamos, la estaremos agarrando y no permitiremos su marcha.
Aceptar la enfermedad y sus emociones nos devuelve la paz y quita el escudo del corazón, por lo que este podrá irradiar salud nuevamente al órgano comprometido y en algún momento este recobrará la vitalidad. No obstante, el objetivo no es cambiar el mundo que vemos —la enfermedad— para que nuestras condiciones sean más cómodas, sino darnos cuenta de que la paz es una decisión en cualquier circunstancia y que, por tanto, esta se encuentra a la distancia de un pensamiento.
¿Y por qué tenemos que pasar por todo esto?
No hay necesidad, pero nos hemos empeñado en crear un mundo que nos complazca en lugar de cambiar de mentalidad y aceptar que todo es como debe ser. Si no quieres tener que aceptar cosas que te hacen daño, nadie te obliga. No tienes que pasar por todo esto si no quieres, pero ¿podrás ser feliz tratando de cambiar constantemente todo lo que no te gusta?, ¿viendo constantemente cosas que mejorar o que corregir?, ¿viviendo siempre en una realidad que juzgas de imperfecta? Por muchos que sean tus logros, a la larga no encontrarás la paz que buscas entre las cosas del mundo y solo te quedará ser honesto contigo mismo y mirar en otra dirección.
En resumen:
El corazón es la fuente de vida y salud
La no aceptación o rechazo bloquea esta salud
Esto crea una enfermedad que nos hará sentir lo mismo que no quisimos aceptar
El tipo de enfermedad habla del tipo de falta de aceptación (piernas: avanzar)
Aceptar la emoción y/o la enfermedad acaba con el sufrimiento




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